Una cuerda guinda del techo y al extremo mis manos atadas se encuentran;
viejo cuarto, luces bajas, vacío ensordecedor que congela mi calma.
Mis pies descalzos, mi cuerpo destapado y mi corazón acelerado
me preguntan ¿Qué es lo que ha pasado?
El miedo se alimenta del pánico que corre por mis venas
cuando unas manos bordean mi silueta completa;
de pronto todo a mi lado oscurece tras haberme puesto una venda,
y tú comienzas un juego donde yo soy tu muñeca.
Muerdes mis labios, lames mi cuello y me dices al oído hoy en ti entro;
chupas mis senos mientras tus manos llevas a mi cueva de fuego.
Excitas mi cuerpo y pensar en lo debido ya no puedo,
ahora solo soy cómplice de un desconocido que me quema por dentro.
Mientras te aferras a mis glúteos, tu boca deslizas por mi vientre
y mis labios mojados ya están esperando a que me penetres.
Me llevas a los mil orgasmos tomando mi clítoris con tus dientes
e introduces varios dedos en mi vagina caliente.
Desatas mis manos y las pones en tu cuello buscando que me sostenga,
y me alzas cual esperanza que sostiene a su ángel muerto;
me llevas a una nube elevándome hasta el cielo,
uniendo nuestras almas con besos, caricias, mordiscos y sexo.
Llevas suavemente mis manos de tu pecho a tu pene,
manipulando y siendo dueña del éxtasis que te lleva;
nuestras ganas de tenernos por completo no aguantan este divino tormento
y sucumbiendo ante el deseo abres mis piernas y me penetras muy adentro.
Te acercas a mi oído y me preguntas suavemente
con voz distorsionada, si acaso me encuentro demente;
como amante que se oculta en el viento, estas presente,
pues mi ser nunca con un hombre desconocido se uniría fácilmente.
Debo decirte que tu aroma te delató desde el inicio, aún sin verte.
Ana Cristal Raposeiras Taboada
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ©
Este poema fue creado: 7 de Noviembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario